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La Novia de Frankenstein, de James Whale

mayo 19, 2008

 

Producción: Universal. Año: 1935. Formato: Blanco y negro. Duración: 72 min.

Intérpretes: Colin Clive (doctor Frankenstein), Valerie Hobson (Elizabeth), Boris Karloff (el monstruo), Ernest Thesiger (doctor Pretorius), Dwight Frye (Karl), Elsa Lanchester (Mary W. Shelley y La Novia), Una O´Connor (Minnie).

 

           

“Cuéntanos tus infiernos mientras el cielo brama”.

 

Lord Byron (Gavin Gordon)

 

 

“Por un mundo nuevo de dioses y monstruos”.

 

Dr. Pretorius (Ernest Thesiger)

 

 

La producción

 

Tras el estreno de Drácula, en 1931, la Universal llenó las pantallas de medio planeta con monstruos, doctores locos, hombres lobo, anfitriones sádicos y almas en pena.

 

Carl Laemmle Jr., productor de la obra, pensaba que James Whale era el director con más posibilidades de poner a los estudios Universal a la par con la Metro, Warner Bros. y los grandes estudios de Hollywood. Creía que su trabajo con Frankenstein, El caserón de la sombras, El hombre invisible y las demás películas que había hecho reflejaban la obra de un gran estilista.

 

Tras rechazar varios guiones para la continuación, Whale tomó el control de la redacción del guión aportando sus propias ideas. Además de insistir en hacer un prólogo, Whale puso la condición de que Elsa Manchester tenía que interpretar el papel de Mary Shelley y de la Novia. O aceptaban esas condiciones o no haría la película.

 

Debido al éxito de Frankenstein, a Whale le dieron vía libre con los decorados, los detalles, el tiempo, la fotografía y la música para que pudiera pulir y perfeccionarla de una forma inaudita de películas anteriores.   

 

Estamos acostumbrados a que las secuelas sean una prolongación de un éxito anterior y es difícil imaginar una segunda parte que supere a la primera. Sin embargo, James Whale demostró lo contrario con La novia de Frankenstein porque nunca un estudio había invertido tanto presupuesto ni talento en una película de monstruos.

 

 

La película

 

El prólogo de esta nueva entrega es un tributo a la escritora. El nombre de la autora de la novela original se corrige en los títulos de crédito y la cinta se abre con la cámara acercándose a Villa Diodati en una noche de tormenta. Allí, al calor del fuego, Lord Byron, Percy B. Shelley y Mary asisten a una de sus veladas suizas.

 

Tras un flashback con lo mejor de la primera parte, Lord Byron invita a la escritora a que continúe la historia del monstruo: “Cuéntanos tus infiernos mientras el cielo brama”.

 

A continuación, se nos devuelve a una imagen del molino a punto de derrumbarse. El padre de María, la niña a la que la bestia arrojó al agua creyendo que flotaría como una flor, insiste en ver los restos del monstruo. Tras caer a un pequeño lago que se extiende bajo los restos del incendio, el monstruo -ya inevitablemente Frankenstein para el público- surge detrás de un recodo y ahoga al hombre ante la mirada cómplice de una lechuza. El plano con el que Whale retrata la aparición del monstruo todavía sigue estremeciendo a los amantes del género.

 

La belleza de la secuencia en que la multitud lleva el cuerpo del doctor Frankenstein al castillo mezclada con las carreras y alaridos del ama de llaves llegan a resultar algo cargantes. Si no fuera por el conocido humor de Whale que aderezó todos sus horrores, se diría que este personaje pertenece a otro género.

 

El nuevo apresamiento del monstruo, después de intentar salvar a la joven muchacha, es bestial. La idea original de Shelley persiste: la buena acción del fugitivo es premiada con otro linchamiento. La manera en que la masa se abalanza sobre el monstruo hasta reducirlo es verdaderamente conmovedora.

 

Sin embargo, el monstruo consigue escapar y llega a la cabaña de un anciano ciego. Es en este lugar donde el monstruo de Frankenstein encuentra la ternura que necesitaba desde el principio. Aunque el hilo argumental no tiene ninguna relación con la novela de Shelley, se trata de una adaptación que recoge fielmente el espíritu de la obra: el afecto y la simpatía humanizan al monstruo en la misma medida en que le embrutecieron la violencia y el rechazo. Las escasas lecciones dictadas por el anciano serán bastantes para que la bestia aprenda a llorar y comience a pensar.

 

A diferencia del filme, el monstruo de la novela podía hablar. En La novia de Frankenstein, se le devolvió el habla. Karloff puso muchas pegas a que el monstruo hablase porque creía que le restaría mérito a su primera interpretación. Sin embargo, la historia del cine ha demostrado que estaba equivocado.

 

Los días de felicidad no duran mucho y el monstruo se ve obligado a esconderse en el cementerio. Y es en ese momento en el que siente la necesidad de una compañera.

 

A partir del secuestro de Elizabeth, La novia de Frankenstein es una combinación entre estética y poética que consta en los anales. La voluntad de crear un estilo propio, presente en todo el cine que Whale hace para la Universal, se antoja mucho más pronunciada.

 

A un ritmo vertiginoso, Whale nos lleva hasta el primer plano de la novia. Una vez resucitada, la mujer se convierte en una de las imágenes más recurrentes de la estética posmoderna.

 

Cuando la compañera rechaza al monstruo gritando con el mismo espanto que el ama de llaves, deja que el detestable barón se marche junto a su bella esposa. El monstruo decide autoinmolarse junto a la resucitada y el doctor Pretorius.

 

De este modo, les niega el derecho de la vida: a ella, por no ver más que a un monstruo donde había un inocente y al científico, por su sincero e irreductible interés por los cadáveres.

 

La apabullante voladura del torreón les devuelve a todos con los muertos, pero sólo en apariencia. Como en otras películas, a la abominación de Frankenstein aún le quedaba mucha vida.

 

 

El maquillaje

 

El maquillaje de Jack P. Pierce merece una ovación doble porque, además de revalidar su trabajo con el rostro del monstruo, creó un verdadero icono con el de la novia.

 

Boris Karloff tuvo que volver a soportar un maquillaje duro e incómodo. Uno de los cambios en el rostro del monstruo se produjo con el incendio del molino. Le quemaron el pelo y se lo cortaron al rape haciéndolo crecer durante la película. Además, le pusieron una quemadura en una mano y otra en la mejilla.

 

El maquillaje de la novia es una obra maestra y, por ello, ha pasado a ser la monstruo más famosa de la historia del cine. Lo más llamativo es la forma elegida de su cabello y sus estrambóticos mechones blancos, todo ello aderezado de un maquillaje glamouroso.

 

La diferencia entre el monstruo y Frankenstein puede estudiarse a través de los peinados de sus respectivas mujeres. El famoso cardado de la chica del monstruo se contrapone con el pelo suelto de Elizabeth. Mientras que el primero guarda desasosiego, el segundo nos llena de sensualidad. 

 

 

La música

 

La guinda del pastel de La novia de Frankenstein fue la gran banda sonora de Franz Waxman.

 

La música se convierte en uno de los principales elementos de la cinta. Prosigue, de este modo, la implicación dramática del sonido en los mecanismos del terror. Las imágenes propuestas por el realizador son mucho más enfáticas y siempre rodadas desde ángulos caprichosos: la suelta de las cometas, el resplandor de los relámpagos, los destellos de la electricidad descendiendo por los aparatos que habrán de dar vida al nuevo monstruo…

 

            Para la secuencia inicial de Byron y Mary durante una noche lluviosa, Waxman escribió un estupendo minué de época que expresaba la vida desahogada que vemos en pantalla. Cuando Byron empieza a recordar la historia, se transforma en una fuga que ilustra los horrores de la primera parte, para luego volver al minué.

 

            La base de la banda sonora es wagneriana. Emplea motivos musicales para cada personaje o escena importante. Son componentes temáticos básicos que anuncian la aparición de cada personaje o insinúan su presencia fuera del encuadre cuando no se ven: al monstruo le acompaña un motivo de cuatro notas basado en su gruñido; a la novia le acompaña una melodía de tres notas altisonante muy exótica; y, al contrario, al Dr. Pretorius le acompaña un tema muy alocado.

 

 

La herencia

 

            Al igual que todos los guiones, el de La novia de Frankenstein pasó por el Comité Breen, la junta censora de Hollywood, para aprobar o discutir cualquier tema censurable.

 

            El guión tenía muchas referencias religiosas, algunas de las cuales podían interpretarse como blasfemias. Los estudios Universal no querían arriesgarse y colaboraron eliminando 15 minutos del metraje antes de que se estrenase, incluyendo acortar el prólogo para eliminar los primeros planos del escote de Elsa Manchester. La película fue tildada de escandalosa y, en algunos casos, subversiva.

 

            De todas formas, La novia de Frankenstein es la mejor película de terror de la Universal, gracias a los decorados de Charles Hall y a la fotografía de John Mescall: los trucos expresionistas, la iluminación artificial, los estupendos cielos pintados, la extraña disposición de las tumbas…

 

 

Bibliografía: El cine de terror de la Universal, Javier Memba, 2004

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Frankenstein, de James Whale

mayo 7, 2008

Producción: Universal. Año: 1931. Formato: Blanco y negro. Duración: 71 min.

Intérpretes: Colin Clive (doctor Frankenstein), Mae Clarke (Elizabeth), Boris Karloff (el monstruo), Edward Van Sloan (doctor Waldman), Dwight Frye (Fritz), Frederick Kerr (barón Frankenstein).

 

“Yo había trabajado sin descanso durante casi dos años con el único objetivo de dar vida a un cuerpo inanimado. Había renunciado al descanso y a la salud. Lo había deseado con tal ardor que excedía a cualquier sentimiento imaginable; pero ahora que lo había terminado, la belleza del sueño se desvaneció y un horror y repugnancia invadieron mi corazón”.

                                                      Frankenstein, Mary Shelley

 

La producción

A lo largo de la historia, el celuloide ha presenciado gran cantidad de versiones tanto para el cine como para la televisión. Afortunadamente, el Frankenstein de James Whale nunca ha quedado olvidado, y es uno de los films más influyentes e imitados de todos los tiempos. He de reconocer que la versión dirigida por Kenneth Branagh y con Robert de Niro como protagonista es la más fiel a la novela, la cual se convirtió en una de las mejores y más leídas de la literatura inglesa a comienzos del siglo XIX. Con esto no quiero decir que la versión de Whale deje de ser una obra maestra para cualquier amante del buen cine.

Cuando se estrenó, en 1931, la Universal añadió un prólogo, en parte por puro espectáculo, pero también porque temía que Frankenstein fuera “demasiado” para el nervioso público de la Gran Depresión.

Puede que Frankenstein ya no consiga asustar ni horrorizar, pero aún consigue fascinar. Boris Karloff consiguió crear uno de los iconos culturales más reconocibles del siglo XX.

La autora de la novela, Mary W. Shelley, se educó dentro del círculo en el que se movía su padre: el anarquismo. Decidió dejar impresa la idea de que es la sociedad autoritaria la que corrompe al hombre y utilizó como conejito de indias al Monstruo.

Su primera edición anónima, Frankenstein o el moderno Prometeo, surgió de un juego de salón con Percy Shelley y lord Byron durante unas vacaciones en Suiza en el verano de 1816.

La versión teatral de la novela se estrenó en 1927 y la llevó a cabo Peggy Welbing. Uno de los adaptadores de la versión teatral de Drácula, John L. Balderston, fue el encargado del primer tratamiento del guión cinematográfico. Sin embargo, tanto él como la Universal desconocían por completo la obra literaria, tanto es así que en los títulos de crédito le dan la autoría original al poeta Percy B. Shelley -el marido de la autora- al que además llaman Mrs.

Además, hay que añadir que la adaptadora teatral tuvo el lapso de llamar al protagonista Henry. En este caso, tampoco la Universal hizo nada por enmendarlo y ha pasado a la posteridad como tal cuando su nombre verdadero, el del texto original, es Victor Frankenstein.

Tras el éxito recibido con Drácula, la Universal contó con un presupuesto más modesto para que Whale llevara a cabo la producción. Se podría decir que los estudios estaban seguros de que repetirían un nuevo éxito y que las salas se llenarían de espectadores ansiosos por descubrir un mundo nuevo de imágenes.

La película

En los títulos de crédito Whale nos esconde tras una interrogación el nombre del actor que encarna al Monstruo. De esta forma, los espectadores se llevarían una sorpresa mayor al ver al grandioso Boris Karloff aparecer en escena. Además, fueron los propios espectadores quienes desde las primeras proyecciones le dieron el nombre de su creador.

El arranque de la cinta es impresionante. En ella el doctor Frankenstein y su ayudante, Fritz, presencian un entierro. La secuencia es una panorámica que arranca en la fosa, pasa por una tumba que representa a un muerto momificado y finaliza en el rostro del protagonista. En el plano siguiente un monje atraviesa el campo con un tétrico farol en la mano mientras el enterrador trabaja sin inmutarse ante las personas que están llorando a su lado. Puedo asegurar que los encuadres utilizados por Whale en esta secuencia desde un ángulo superan con creces a los utilizados por Tod Browning en Drácula.

Con el paso del tiempo, se ha hablado mucho de la bondad y de los sentimientos del monstruo. Lo más significativo de la película son dos imágenes que han quedado grabadas en la historia del cine: la primera, aquella en la que el monstruo juega con la niña en la orilla de un río; la segunda, aquel en el que Frankenstein y su criatura se miran a través del eje que mueve las aspas.

Otro de los momentos más importantes de la historia del cine de terror se produce cuando se está preparando la boda y se escucha el primer alboroto. En ese momento, el doctor deja a Elizabeth en un cuarto cerrado con llave. El pavor que produce en la novia la entrada del monstruo en la estancia ofrecerá a los amantes del género el primer grito. Los alaridos de la mujer son un claro precedente de los emitidos por Ann Darrow en King Kong.

El último tercio de Frankenstein es donde la narración tiene sus momentos más débiles. Ocurren cosas que el espectador tiene que creer porque sí y dar por sentado porque no se explican: ¿quién encuentra al Dr. Walkman?, ¿cómo sabe el padre de la niña que ha sido asesinada?, ¿cómo sabe el monstruo cuál es la casa de su creador?, etc. Sin embargo, al público no le importaba aquellas improbabilidades pues, para muchos, Frankenstein fue una experiencia sobrecogedora.

La censura no tardó en cebarse con esta obra maestra y decidió que la escena de la niña ahogada en el río y aquella en la que el padre aparece con la niña muerta en sus brazos tenían un impacto más siniestro de lo que se pretendía. Tambien hay que añadir a la lista la frase de Colin Clive: “Ahora sé lo que se siente al ser Dios”.

Con censura o sin ella, Frankenstein causó sensación y el monstruo se convirtió en un icono de Hollywood asegurando estrellato de Boris Karloff.

El maquillaje

Jack P. Pierce fue el maquillador de los clásicos de terror de la Universal y dirigió el departamento de maquillaje en la época dorada de los estudios. Creó al monstruo de Frankenstein, a la momia y al hombre lobo.

Para llevar a cabo el maquillaje del monstruo, se dedicó durante tres meses a estudiar anatomía, medicina, historia criminal, costumbres funerarias y electrodinámica. Pensó que Frankestein, siendo científico y no cirujano, utilizaría el método más sencillo para cortar un cráneo usándolo como una simple tapadera.

Boris Karloff debía someterse a tres horas y media de maquillaje antes de colocarse delante de la cámara y prácticamente lo mismo para quitárselo. El vestuario era muy grueso, negro y las botas bastante pesadas. Afortunadamente, a diferencia de Lugosi, Pierce congenió con Karloff desde el primer momento. Su fructífera relación se prolongó durante varios años.

La herencia

Universal tardó cuatro años en estrenar la continuación, pero valió la pena esperar. En el film, La novia de Frankenstein, Karloff le dió una nueva dimensión al personaje con ayuda del habla: “Me gustan los muertos y odio a los vivos”.

En los siguientes films, El hijo de Frankenstein y El fantasma de Frankenstein, el monstruo tuvo un compañero que hablaba en su lugar, Ygor, el del cuello roto, interpretado por Bela Lugosi.

Después, los estudios aumentaron el impacto uniendo a los monstruos más famosos: Frankenstein y el Hombre Lobo, La mansión de Frankenstein y La mansión de Drácula.

 Sin embargo, la mística de Frankenstein no acabó con los films de los años 30 y 40. La tradición de Universal ha inspirado a muchos cineastas incluso en la actualidad: La maldición de Frankenstein de la factoría Hammer.

En la campaña publicitaria del film se incluía la siguiente frase: “EL MONSTRUO ANDA SUELTO”.

 

Bibliografía: El cine de terror de la Universal, Javier Memba, 2004

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Duelo en la Alta Sierra, de Sam Peckinpah

mayo 7, 2008

Producción: MGM. Año: 1961. Formato: Color. Duración: 94 min.

Intérpretes: Randolph Scott (Gil Westrum), Joel McCrea (Steve Judd), Ronald Starr (Heck Longtree), Mariette Hartley (Elsa Knudsen), R.G. Armstong (Joshua Knudsen), Edgar Buchanan (juez Tolliver), James Drury, John Anderson, L.Q. Jones, Warren Oates, John Davis Chandler (hermanos Hammond).

Un western de lo más interesante que resulta una verdadera delicia… Imagínense a dos veteranos vaqueros como el señor McCrea y el señor Scott, añadan un guión tenso y ácido, un buen puñado de secundarios y un buen director, y obtendrán la obra más efectiva de los últimos meses. Desde la primera escena, la película muestra una mezcla consistente y natural de sabiduría y humor, con una excelente fotografía en color y unas vistas maravillosas.

Howard Thompson, New York Times

 

 

Un western con mayúsculas… aunque tiene sus fallos, la interesante historia de dos viejos vaqueros que ha filmado Sam Peckinpah da muestras evidentes de un profundo conocimiento de su arte. Supone el intento de un director joven pero con recursos de crear algo original dentro de un género con una tradición algo rígida.

Joseph Morgenstern, New York Herald-Tribune

 

 

La producción

Existe un rumor que asegura que John Ford, el conocido director de westerns, recomendó a Peckinpah para dirigir la película. Lo cierto es que Peckinpah consiguió el trabajo por sus propios méritos.

Duelo en la alta sierra fue la primera película importante de Dick Lyons como productor. Había aprendido el oficio en lo que se conoce como la unidad “B” de la 20th Century-Fox. A Sol Siegel, jefe de producción de la MGM, le llamó la atención el trabajo realizado por Lyons y decidió llevárselo consigo a sus estudios.

Concretamente, a Lyons lo contrataron para producir un western de bajo presupuesto (aproximadamente unos 800.000 dólares), que iba a ser vendido en el mercado europeo para financiar películas más caras que por aquel entonces se hacían en Fox, como Rebelión a bordo, protagonizada por Marlon Brando. La historia que finalmente escogió Lyons trataba de dos viejos pistoleros que reciben una última oportunidad de lucirse cuando son contratados para escoltar un cargamento de oro desde un campamento minero en la alta sierra.

Joel McCrea lo recordaba así: “Siempre ha sido considerada como una película de Peckinpah, pero Dick Lyons trabajó mucho para que saliera adelante. Él fue el que encontró a Sam, el que me sacó de una especie de retiro y el que consiguió a Randy Scott. Tuvo que lidiar con la gente de Metro, y apoyó a Sam hasta el final. Nunca ha tenido el reconocimiento que se merece. No cabe duda de que Sam fue el ingrediente mágico que hizo que todo saliera bien, pero Lyons fue el que nos juntó a todos”.

Después de terminar el borrador del guión, Lyons contrato a sus dos estrellas, McCrea y Scott. Aunque, en un principio, ambos accedieron a interpretar los papeles que les habían ofrecido, finalmente decidieron intercambiarse los personajes.

Peckinpah resultó decisivo a la hora de escoger al resto del reparto. Ron Starr y Mariette Hartley no tenían prácticamente ninguna experiencia en el cine lo que les valió esa naturalidad a la hora de interpretar. Pero fue con los hermanos Hammond con los que Sam demostró realmente de lo que era capaz sabiendo controlar a los personajes para que resultaran más efectivos. Escogió a los cinco: James Drury, Warren Oates, L.Q. Jones, John Davis Chandler y John Anderson.

El director de fotografía contratado para la película fue Lucien Ballard. Él y Sam habían colaborado en varios de los primeros episodios de The Westerner. Cuando Peckinpah le expuso la serie de problemas que tendrían en el rodaje de la película, Balard decidió incluir en la lista del equipo una grúa Chapman.

De los muchos planos memorables para los que se usó la Chapman, hay uno que empieza en una orilla del río, junto a unos álamos, en el que Steve Judd monta en su caballo y se pone a cabalgar, dejando a Heck y a Gil hablando de las posibilidades de que Steve se una a ellos para robar el oro. En cuanto Heck y Gil montan sus caballos, la cámara empieza a elevarse hasta unos nueve metros y medio, permitiéndonos ver por encima de los álamos, que con el sol de otoño adoptan un color dorado, hasta donde ambos se reúnen con Steve.

El montaje

El rodaje terminó el 22 de noviembre de 1961. A la montadora jefe de MGM, Margaret Booth, no le habían gustado los copiones que habían ido llegando desde el rodaje y prácticamente había dicho que la película sería imposible de montar. En cambio, a Siegel le había impresionado el trabajo de Peckinpah y le dio la oportunidad de realizar el primer montaje de la película con la ayuda de Frank Santillo. Los cambios realizados por Peckinpah consistían en sustituir planos de diálogo por planos de reacciones.

Pero lo que mejor explica el trabajo de Peckinpah es la secuencia del tiroteo al final de la película. Santillo lo recordaba así: “Sabía que una escena de batalla puede ser mucho más emocionante si la montas con un ritmo rápido. Cuando un tipo dispara hay que insinuar muchas cosas. ¡Bang! Dispara. ¡Bang! Le da a alguien. ¡Bang! Le dan a otro. Haces que la secuencia avance permitiendo que sea el público el que rellena los huecos. Por eso, cuando monté la escena, algunos de los planos no duraban más que seis fotogramas (un cuarto de segundo en la pantalla) y tenía la certeza de que algunos parecerían demasiado largos en la pantalla. Entonces pulimos la secuencia hasta que quedó exactamente como Sam quería, y algunos de los planos se quedaron en dos fotogramas. Sam siempre ha dicho que yo fui quien le enseñó ese “montaje relámpago”.

Lamentablemente, Sol Siegel fue cesado como jefe de producción y Peckinpah no pudo terminar de montar la película. Sin embargo, la película quedó montada de la manera en que Sam quería y se estrenó como proyección secundaria en programas dobles, ya fuera junto a Los tártaros o Una vez a la semana.

El estreno

L. Q. Jones, visto en La máscara del Zorro como compañero de Antonio Banderas, recordaba lo siguiente sobre el estreno de la película: “Cuando salió Duelo en la alta sierra, la recaudación fue catastrófica porque la habían puesto de relleno para el programa doble de Una vez a la semana, que probablemente sea la segunda, si no la primera, peor película de la historia. Entonces se dieron cuenta de que la que tenía éxito era Duelo en la alta sierra, y que nadie se quedaba a ver la otra película. Así que finalmente tuvieron cabeza y la sacaron de los cines para reestrenarla después”.

Entre los que pidieron el reestreno de la película estaba Jim Silke, un creativo publicitario que por aquel entonces había creado una revista llamada Cinema. Vio Duelo en la alta sierra por primera vez en un autocine. Impresionado, decidió entrevistar a Peckinpah. La publicación del artículo generó cierto interés.

Después de su reestreno, Duelo en la alta sierra se convirtió, a medida que los críticos empezaron a descubrirla, en “la joya oculta del año”.La película ganó el Gran Premio del Festival Internacional de Cine de Bélgica, la Diosa de Plata a la Mejor Película Extranjera en el festival de México, además de obtener muy buenas críticas en Le Conseil des Dix, en Francia. Para Peckinpah, sin embargo, fue más importante la victoria personal que había supuesto su película.

De todas formas, la reivindicación definitiva de Peckinpah como director la hizo su antiguo jefe, Sol Siegel, que después de ver la película en un cine, escribió a Peckinpah una carta que empezaba así: “¿Quién te crees que eres… John Ford?”.

Bibliografía: Sam Peckinpah, vida salvaje, Garner Simmons, 1983

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