Producción: Universal. Año: 1931. Formato: Blanco y negro. Duración: 71 min.
Intérpretes: Colin Clive (doctor Frankenstein), Mae Clarke (Elizabeth), Boris Karloff (el monstruo), Edward Van Sloan (doctor Waldman), Dwight Frye (Fritz), Frederick Kerr (barón Frankenstein).
“Yo había trabajado sin descanso durante casi dos años con el único objetivo de dar vida a un cuerpo inanimado. Había renunciado al descanso y a la salud. Lo había deseado con tal ardor que excedía a cualquier sentimiento imaginable; pero ahora que lo había terminado, la belleza del sueño se desvaneció y un horror y repugnancia invadieron mi corazón”.
Frankenstein, Mary Shelley
La producción
A lo largo de la historia, el celuloide ha presenciado gran cantidad de versiones tanto para el cine como para la televisión. Afortunadamente, el Frankenstein de James Whale nunca ha quedado olvidado, y es uno de los films más influyentes e imitados de todos los tiempos. He de reconocer que la versión dirigida por Kenneth Branagh y con Robert de Niro como protagonista es la más fiel a la novela, la cual se convirtió en una de las mejores y más leídas de la literatura inglesa a comienzos del siglo XIX. Con esto no quiero decir que la versión de Whale deje de ser una obra maestra para cualquier amante del buen cine.
Cuando se estrenó, en 1931, la Universal añadió un prólogo, en parte por puro espectáculo, pero también porque temía que Frankenstein fuera “demasiado” para el nervioso público de la Gran Depresión.
Puede que Frankenstein ya no consiga asustar ni horrorizar, pero aún consigue fascinar. Boris Karloff consiguió crear uno de los iconos culturales más reconocibles del siglo XX.
La autora de la novela, Mary W. Shelley, se educó dentro del círculo en el que se movía su padre: el anarquismo. Decidió dejar impresa la idea de que es la sociedad autoritaria la que corrompe al hombre y utilizó como conejito de indias al Monstruo.
Su primera edición anónima, Frankenstein o el moderno Prometeo, surgió de un juego de salón con Percy Shelley y lord Byron durante unas vacaciones en Suiza en el verano de 1816.
La versión teatral de la novela se estrenó en 1927 y la llevó a cabo Peggy Welbing. Uno de los adaptadores de la versión teatral de Drácula, John L. Balderston, fue el encargado del primer tratamiento del guión cinematográfico. Sin embargo, tanto él como la Universal desconocían por completo la obra literaria, tanto es así que en los títulos de crédito le dan la autoría original al poeta Percy B. Shelley -el marido de la autora- al que además llaman Mrs.
Además, hay que añadir que la adaptadora teatral tuvo el lapso de llamar al protagonista Henry. En este caso, tampoco la Universal hizo nada por enmendarlo y ha pasado a la posteridad como tal cuando su nombre verdadero, el del texto original, es Victor Frankenstein.
Tras el éxito recibido con Drácula, la Universal contó con un presupuesto más modesto para que Whale llevara a cabo la producción. Se podría decir que los estudios estaban seguros de que repetirían un nuevo éxito y que las salas se llenarían de espectadores ansiosos por descubrir un mundo nuevo de imágenes.
La película
En los títulos de crédito Whale nos esconde tras una interrogación el nombre del actor que encarna al Monstruo. De esta forma, los espectadores se llevarían una sorpresa mayor al ver al grandioso Boris Karloff aparecer en escena. Además, fueron los propios espectadores quienes desde las primeras proyecciones le dieron el nombre de su creador.
El arranque de la cinta es impresionante. En ella el doctor Frankenstein y su ayudante, Fritz, presencian un entierro. La secuencia es una panorámica que arranca en la fosa, pasa por una tumba que representa a un muerto momificado y finaliza en el rostro del protagonista. En el plano siguiente un monje atraviesa el campo con un tétrico farol en la mano mientras el enterrador trabaja sin inmutarse ante las personas que están llorando a su lado. Puedo asegurar que los encuadres utilizados por Whale en esta secuencia desde un ángulo superan con creces a los utilizados por Tod Browning en Drácula.
Con el paso del tiempo, se ha hablado mucho de la bondad y de los sentimientos del monstruo. Lo más significativo de la película son dos imágenes que han quedado grabadas en la historia del cine: la primera, aquella en la que el monstruo juega con la niña en la orilla de un río; la segunda, aquel en el que Frankenstein y su criatura se miran a través del eje que mueve las aspas.
Otro de los momentos más importantes de la historia del cine de terror se produce cuando se está preparando la boda y se escucha el primer alboroto. En ese momento, el doctor deja a Elizabeth en un cuarto cerrado con llave. El pavor que produce en la novia la entrada del monstruo en la estancia ofrecerá a los amantes del género el primer grito. Los alaridos de la mujer son un claro precedente de los emitidos por Ann Darrow en King Kong.
El último tercio de Frankenstein es donde la narración tiene sus momentos más débiles. Ocurren cosas que el espectador tiene que creer porque sí y dar por sentado porque no se explican: ¿quién encuentra al Dr. Walkman?, ¿cómo sabe el padre de la niña que ha sido asesinada?, ¿cómo sabe el monstruo cuál es la casa de su creador?, etc. Sin embargo, al público no le importaba aquellas improbabilidades pues, para muchos, Frankenstein fue una experiencia sobrecogedora.
La censura no tardó en cebarse con esta obra maestra y decidió que la escena de la niña ahogada en el río y aquella en la que el padre aparece con la niña muerta en sus brazos tenían un impacto más siniestro de lo que se pretendía. Tambien hay que añadir a la lista la frase de Colin Clive: “Ahora sé lo que se siente al ser Dios”.
Con censura o sin ella, Frankenstein causó sensación y el monstruo se convirtió en un icono de Hollywood asegurando estrellato de Boris Karloff.
El maquillaje
Jack P. Pierce fue el maquillador de los clásicos de terror de la Universal y dirigió el departamento de maquillaje en la época dorada de los estudios. Creó al monstruo de Frankenstein, a la momia y al hombre lobo.
Para llevar a cabo el maquillaje del monstruo, se dedicó durante tres meses a estudiar anatomía, medicina, historia criminal, costumbres funerarias y electrodinámica. Pensó que Frankestein, siendo científico y no cirujano, utilizaría el método más sencillo para cortar un cráneo usándolo como una simple tapadera.
Boris Karloff debía someterse a tres horas y media de maquillaje antes de colocarse delante de la cámara y prácticamente lo mismo para quitárselo. El vestuario era muy grueso, negro y las botas bastante pesadas. Afortunadamente, a diferencia de Lugosi, Pierce congenió con Karloff desde el primer momento. Su fructífera relación se prolongó durante varios años.
La herencia
Universal tardó cuatro años en estrenar la continuación, pero valió la pena esperar. En el film, La novia de Frankenstein, Karloff le dió una nueva dimensión al personaje con ayuda del habla: “Me gustan los muertos y odio a los vivos”.
En los siguientes films, El hijo de Frankenstein y El fantasma de Frankenstein, el monstruo tuvo un compañero que hablaba en su lugar, Ygor, el del cuello roto, interpretado por Bela Lugosi.
Después, los estudios aumentaron el impacto uniendo a los monstruos más famosos: Frankenstein y el Hombre Lobo, La mansión de Frankenstein y La mansión de Drácula.
Sin embargo, la mística de Frankenstein no acabó con los films de los años 30 y 40. La tradición de Universal ha inspirado a muchos cineastas incluso en la actualidad: La maldición de Frankenstein de la factoría Hammer.
En la campaña publicitaria del film se incluía la siguiente frase: “EL MONSTRUO ANDA SUELTO”.
Bibliografía: El cine de terror de la Universal, Javier Memba, 2004